
La televisión estupidiza, no hay nada creativo ni educativo. Esta tradicional postura apocalíptica y adorniana (de Theodor, no de ornamento) se escucha mucho, se cree mucho, se vive mucho. Hay, sin embargo, un personaje contrarevolucionario oculto, como en un gran caballo de Troya catódico. El arte que profesa –vaya arte, vaya que lo profesa-, es un arte planteado para ser disuelto en la sociedad, no conjurado en una torre de marfil como plantearan aquellos vanguardistas de principio de siglo XX. No es un arte elitista, que sea solo para exégetas. “Yo soy un artista y el pueblo me quiere por eso” remarcó en repetidas ocasiones. Como todo gran artista, también es incomprendido por algunos críticos de cierto renombre en el ambiente: “Mirá, a mí lo que me diga la niña Loly me chupa un huevo”, declaró en su momento cerrando el acalorado debate sobre si el arte debe o no ir acompañado de un proyecto político que lo sustente.
Tanto quiso llevar el arte al extremo que eligió su propio cuerpo como obra de arte total, convirtió su cara en el máximo exponente del grotesco, resultando así una - tan metafórica como literal- operación casi imposible de ver sin recordar esos escritos que tan bien nos trae Bajtin sobre el carnaval medieval de Rabelais. Su rostro es definitivamente barroco, y en eso de llevar el arte a las masas, él es único, “cada vez que vean mi cara, quiero que piensen en el grotesco, creo que lo logré ¿no?” “Aunque sea lo intento, porque si no lo intentamos nosotros los artistas, quien lo hará”.
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