viernes, 30 de julio de 2010

Las caras de la moneda


“...si se pudiera tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro.
Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro”

Cartas de Mamá, Julio Cortázar.




Hay silencios que no olvidan. Que por más que se enquisten como un vacío sin sentido, no olvidan. O mejor, hay silencios que no son olvidos, y se enquistan como ese vacío sin sentido. Hay olvidos que son casi tan densos –casi más densos – como la presencia de lo nombrado, de lo traído por la memoria, de lo conservado en el recuerdo. Entonces el olvido, el forzosamente buscado olvido ya no es tal. O por lo menos no es-en-oposición a la memoria, sino más bien su correlato. La otra cara de la misma moneda. Recuerdo-olvido; olvido-recuerdo, el rostro de Jano de la memoria.
El olvido, en su corporalidad tan otra, tan silenciosa, no es más –pero por supuesto no menos- que la condición de posibilidad de la memoria, con el mismo exacto peso que el recuerdo con su plenitud tan incompleta. Y si no fuera así ¿cómo explicamos los olvidos que fueron tan recuerdos? ¿O no fue el sentido que cobró el silenciamiento de una palabra en los años oscuros de nuestras tan libertadoras dictaduras? Los silencios buscando ser olvidos no lograron más que perpetuar los recuerdos. Y es así que aparecen los Che, los Perón, los Mayos, las Risas. Se llenaron los silencios con memorias, esa singular característica que se yergue como amalgama de los pueblos. Ese hilo de Ariadna que ayuda a encontrar la salida al sinsentido. La memoria, ese manantial que está ahí lastimosamente puro a veces, única fuente para poder hacer experiencia.

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